Más allá del hombre o la naturaleza

Por Tom Dunkel

De Brasil a la Micronesia, TNC apoya el trabajo en campo que vincula el ambiente natural con la atención de las necesidades humanas en el largo plazo. Conozca más sobre cómo Peter Kareiva ayuda a definir esta visión innovadora de la conservación.

Peter Kareiva, Director Científico de The Nature Conservancy y alguien que habla sin rodeos, admite que “no es un defensor de la biodiversidad”.

Así es. El ecologista que encabeza los esfuerzos de alrededor de 500 científicos en una organización mundial cuya misión exalta salvaguardar “la diversidad de la vida en la Tierra” no considera que la preservación de las especies debería ser la labor número uno a realizar.

¿Qué merece mayor atención?

“La principal meta”, dice Kareiva, “es un mejor manejo de la naturaleza para el beneficio humano”.

Ese mensaje centrado en la gente — herético en algunos círculos ambientalistas — es el núcleo de la visión de Kareiva, global e implícita en casi todo lo que escribe, dice o hace. Esto incluye un nuevo libro, publicado en octubre, con un título tan claro como el agua: “La Ciencia de la Conservación: Equilibrando las Necesidades de la Gente y la Naturaleza” (Roberts & Co., 2010).

Con este libro, Kareiva y su colaboradora frecuente, Michelle Marvier, buscan revolucionar la enseñanza de las ciencias ambientalistas, al convertir a la gente en una parte integral del cálculo conservacionista.

En la manera en que Kareiva hace sus propios cálculos, es posible — atención, es imperativo satisfacer las necesidades básicas de los seres humanos (alimento, vestido, agua y resguardo) sin destruir el planeta. Llamémoslo "realismo político ambiental".

Sin importar cómo lo llamemos, esta es la belleza de ese nuevo enfoque: en últimas, se podrá fortalecer la causa a favor de la conservación si se argumenta que la naturaleza es relevante para la vida humana. Como lo diría - con franqueza - Kareiva: "no sean estúpidos, [lo más importante] es la gente”.

Este tipo de pensamiento se está propagando. Al ser una de las voces más provocadoras de las ciencias biológicas y uno de los asesores de mayor confianza del Director General de TNC, Kareiva está contribuyendo a trazar el camino hacia una nueva era de la conservación — una en la cual la gente sea tomada en cuenta desde el principio.

Todo es ciencia, todo el tiempo

No debe sorprendernos que Kareiva sea percibido como un disidente por algunos. Sin embargo, su voz no es fácilmente descartada. A sus 59 años, es una figura controversial con una trayectoria impresionante: miembro de la prestigiosa Academia Americana de Artes y Ciencias, ex becario Guggenheim y académico visitante de la Universidad de Oxford, en Inglaterra; fue pionero en el uso de modelos matemáticos para analizar datos de conservación. Ha sido autor y coautor de más de una centena de artículos académicos y ha sido mentor de numerosos candidatos a doctorado. Su nombre aparece frecuentemente en publicaciones especializadas como Nature, Science y Scientific American.

En breve, es un científico de científicos. “Es una de las mentes más agudas, más incisivas”, dice Kent Redford, del Instituto de la WCS (Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre). “No tolera la mala ciencia”.

“Todo es ciencia, todo el tiempo”, concuerda Gretchen Daily, profesora de biología de la Universidad de Stanford y miembro del consejo de TNC. “Él es insaciable”.

Además es influyente: Kareiva llama la atención del público en una presentación ante un grupo del Departamento de Defensa de Estados Unidos, cuando se refiere a la biodiversidad dentro de las bases militares, como parte de un panel que colabora con el Consejo de Asesores Presidenciales de Ciencia y Tecnología estadounidense. También es consejero del más alto liderazgo de TNC: “En cada decisión importante que encara TNC”, afirma Mark Tercek, Presidente y Director General de TNC, “requiero que Peter se involucre”.

Sin embargo, Kareiva se reúsa a asumir el papel de “sabio eco-estadista”. Casi patológicamente evita todo lo que pudiera ser considerado como elitista. Su vestimenta de trabajo — la que utiliza de igual forma para dirigirse a participantes de un taller de escritores científicos que para participar en las reuniones del consejo de TNC — está conformada por una camiseta de algodón, pantalones cortos para jugar basquetbol y tenis. El concepto de “vestirse para el éxito” nunca lo ha adoptado. De hecho, hace algunos años, Kareiva fue invitado a presidir una reunión convocada por la prestigiosa Sociedad Real de Londres, el organismo científico más antiguo del mundo, fundada en 1660. Llegó con ropa deportiva.

Más que bailar a un ritmo diferente, Kareiva parece moverse más al tono de una banda de guerra que resuena dentro de su cabeza. Le cuesta trabajo estrechar manos y evita las conversaciones casuales. Duerme pocas horas, jamás utiliza un reloj despertador y, cada vez que tiene oportunidad, consume lo que él considera un desayuno de campeones: naranjas, cerveza y arenques en frasco. Viaja regularmente por asuntos relacionados con TNC, llevando consigo un morral, en lugar de una valija. El verano pasado, a Kareiva se le rompieron los anteojos jugando basquetbol en casa con su hijo de 19 años, Isaac. 15 meses después, continuaba por el mundo con un par de lentes que le prestó su esposa, Hania Surowiec. Su fórmula de anteojos es casi igual a la de él.

¿Será que el hombre es tímido, grosero o un atolondrado?

“No creo que a Peter le interesen los formulismos”, dice Redford, del Instituto de la WCS (Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre).

“No hay inconsistencias entre la personalidad de Peter y su forma de hacer ciencia”, dice Steve McCormick, presidente de la Fundación Gordon y Betty Moore, encargado de contratar a Kareiva en 2002 cuando se desempeñaba como presidente y director general de TNC. “No cae en maneras ortodoxas de pensar. Es un iconoclasta. Los mejores científicos lo cuestionan constantemente”.

Haciendo las cosas a su manera

Siempre ha sido natural para Kareiva cuestionar; de extracción de la clase trabajadora y de ideología independiente, su padre, Valentine Kareiva, fue capataz de una empresa de jardinería hasta que abrió su propio negocio, que se fue a la bancarrota. Solamente había una regla obligatoria en el hogar de los Kareiva: Peter debía levantarse cada día a las cinco de la mañana. Sin concesiones. Todavía se apega a esta rutina de la infancia. Quizás sea la única regla que haya obedecido en su vida.

Los sacerdotes jesuitas de su preparatoria en Rochester, Nueva York, se acreditan haber encendido la chispa intelectual en él. “Desde ese momento, todo se volvió muy duro para mí”, dice, y agrega que “debías estructurar y hacer análisis y defender tus argumentos”.

En contra del argumento de su padre sobre que la universidad era una pérdida de tiempo, Kareiva se mudó de un mundo de clase trabajadora a uno de sangre azul. Asistió a la Universidad de Duke, donde cursó Licenciatura en Zoología, para después estudiar en la Universidad de California en Irvine, donde obtuvo una Maestría en Biología Evolutiva y donde también tomaba cursos de posgrado en procesos estocásticos, ecuaciones diferenciales parciales y teoría de juegos, convirtiéndose en uno de los pocos doctores en biología y ecología de su tiempo con bases en matemáticas aplicadas.

Impartió cátedra durante un corto tiempo en la Universidad de Brown, donde fue reconocido por su trabajo y publicó su primer artículo académico. Más adelante se trasladó a la Universidad de Washington, donde se convirtió en profesor de tiempo completo. Permaneció 15 años, desarrollando su especialidad en biología agrícola, haciendo las cosas a su manera. Pudo evitar el trabajo de oficina, impartiendo voluntariamente cursos que nadie más quería enseñar. Con el tiempo, Kareiva comenzó a dar cursos de biología ambiental porque sus alumnos lo pedían a gritos.

A pesar del rumbo que tomó su carrera, Kareiva nunca tomó “la torre de marfil” muy en serio. En la Universidad de Washington, alguna vez falsificó la firma de su colega, Robert Paine, como parte de una broma que consistía en enviarle una carta al vicepresidente de investigación de la universidad. Paine recuerda que la carta a su nombre solicitaba que la palma marina — una cepa de alga que Kareiva estaba investigando en aquel momento — fuera reconocida debidamente y usada como el logotipo del departamento de investigación universitario. Aunque a las autoridades administrativas no les pareció gracioso, Paine demostró un mayor sentido del humor y ambos científicos se reúnen hasta hoy para cenar o “degustar sangre y whisky americano”, como prefieren referirse al propósito de sus reuniones.

Kareiva se retiró de la vida académica para trabajar en la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos, donde desempeñó un papel crucial en los esfuerzos por recuperar el salmón del Pacífico. Durante esos dos años, Kareiva fue más allá de la teoría y aprendió cómo se trabaja a favor de la conservación en el mundo real.

En 2002, el biólogo Dan Simberloff, ex miembro de la junta directiva de TNC, recomendó a Kareiva, también ex miembro del mismo consejo, para ocupar un cargo de reciente creación en esta organización: Director Científico. Simberloff admiraba la manera “única” de Kareiva de combinar los métodos cuantitativos y el trabajo de campo.

Sin embargo, Kareiva no encajaba en el molde de TNC. Aunque había sido adepto al senderismo y a acampar de niño, nunca había experimentado una 'epifanía ambientalista'; nunca había soñado con algún día poder salvar especies en extinción o limpiar ríos contaminados. Aún prefiere las ciudades a las zonas rurales.

Simberloff acepta que tenía algunas reservas respecto a si Kareiva encajaría o no en el trabajo: ¿Se sentiría subyugado al formar parte de una organización ambiental tan grande? ¿Podría TNC tolerar sus peculiaridades?

Kareiva mismo insiste en que cayó por casualidad en su actual línea de trabajo, un sesgo en su destino que considera como una ventaja: “Por eso es que puedo mantenerme tan escéptico”, dice. “Todos los demás son auténticos creyentes, mientras que yo cuestiono todo”.

“Probablemente sea la persona más creativa que conozco”, dice Simberloff. “Me pareció que llegaba a TNC en un momento en que se requería de algo de creatividad”.

Agitar las aguas

Esa creatividad, aunada a su preferencia por hablar sin rodeos, irrita a algunos de sus colegas, especialmente aquellos a los que Kareiva alguna vez se refirió como “conservacionistas miopes atontados por la biodiversidad”. Los que lo admiran, no obstante, lo encomian por negarse a dar golpes. De hecho, Marvier, con quien escribe frecuentemente, profesor de biología de la Universidad de Santa Clara y quien fuera mentor posdoctoral de Kareiva, afirma que ha dado muchos puñetazos dobles.

Su último libro de texto es la más reciente de una serie de publicaciones — colaboraciones firmadas Kareiva-Marvier — que desafían los supuestos que prevalecen entre los ecologistas con respecto a la relación entre el hombre y la naturaleza.

En 2003, poco menos de un año después de que Kareiva se uniera al equipo de TNC, él y Marvier escribieron un artículo para la revista American Scientist que cuestionaba la práctica de designar puntos críticos (hot spots) con base en la cifra de especies amenazadas encontradas en una región geográfica en particular. "Es falsa ciencia", alegaban, "y le atribuye un valor adicional demasiado alto a la flora y exuberancia de los climas tropicales, mientras que ignora otras herramientas de evaluación creíbles".

¿Qué pasa entonces con los puntos menos críticos: ecosistemas con pocas especies que tienen un beneficio primario para los seres humanos?

El artículo causó revuelo. Steve McCormick recuerda que un directivo de Conservación Internacional, grupo promotor de estos términos, lo percibió como una ofensa. Ese directivo llamó a McCormick y le pidió llamar la atención al marqués científico de TNC, a lo cual McCormick se negó. Parte del trabajo de Kareiva era—y es—cuestionar los conocimientos convencionales y agitar las aguas.

En 2008, Kareiva y Marvier regresaron a las andadas presentando un estudio con una muestra aleatoria sobre proyectos de desarrollo del Banco Mundial. Los resultados demostraron que la inclusión de una componente de biodiversidad no tenía injerencia alguna en el éxito o fracaso de un proyecto determinado. Por lo tanto, su conclusión en ese artículo publicado por la revista Science, fue que el Banco Mundial “no tenía ninguna excusa” para no defender más activamente la biodiversidad. El desarrollo y la conservación no son mutuamente excluyentes.

Adentrémonos al libro de texto, que levanta numerosas opiniones encontradas, como el desacuerdo en torno a que la naturaleza es más resistente de lo que considera la mayoría de los ambientalistas (Kareiva ni siquiera está dispuesto a usar adjetivos como frágiles para referirse a los ecosistemas) o la aseveración poco sensible de que los días de la vida silvestre prístina se han ido para siempre. Las huellas de la humanidad se pueden encontrar en cualquier parte del planeta. Supérenlo, diría Kareiva, y comiencen a enfocarse en preservar lo que queda de bueno (si ya no es grandioso) allá afuera.

El libro irritó a algunos incluso antes de ser terminado. Después de que la revista Scientific American publicara un extracto previo en octubre de 2007, dos profesores universitarios escribieron una carta iracunda al editor, explotando contra la ética ambiental subjetiva del libro: “Si los movimientos en pro de la abolición de la esclavitud o los derechos civiles hubieran adoptado posturas como las de Kareiva y Marvier… todavía habría segregación en Estados Unidos”.

El manuscrito terminado también alarmó a otras personas. Los primeros reseñadores, cuenta Kareiva, “sintieron que el libro estaba vendiendo muy barato a la conservación, al darle un lugar tan prominente a la gente”.

Pero Tercek, presidente de TNC, piensa que Kareiva tiene la fórmula correcta. El libro “trata asuntos internacionales reales”, dice Tercek, quien realizó lecturas previas de la publicación. “La conservación no es un cuento de hadas”.

La conservación en el mundo real

Según el razonamiento de Kareiva, la conservación en el mundo real debería ser de la siguiente manera: Concentrar los esfuerzos en proteger lo esencial que nos brinda la naturaleza — como agua limpia — y nos convertiremos en mejores protectores de la naturaleza en el largo plazo. Cuando la naturaleza sea algo relevante para la vida diaria de las personas, los conservacionistas serán miles de millones, cada uno de ellos con un interés real en vislumbrar un balance factible entre los seres humanos y el medio ambiente. “Miren”, dice Kareiva, “estamos en la naturaleza. El asunto es cómo trabajamos con ella y cómo le ayudamos a ella a trabajar para nosotros”.

“Las personas son virtualmente una parte intrínseca de cada ecosistema del planeta”, agrega Terceck, “y la gente depende de la naturaleza para sobrevivir. Entre mejores seamos garantizando que la gente entienda sus beneficios [de la naturaleza], mejores seremos también llevando a cabo tareas de conservación”.

Con ese fin, el presidente de la organización y su director científico están en la misma línea respecto a impulsar a TNC a llegar a nuevos públicos, especialmente a las minorías. La diversificación tiene sentido a nivel práctico y moral. Es imposible influir sobre algo tan vasto como el medio ambiente global, argumenta Kareiva, haciendo referencia únicamente a un fragmento de la población. Así que es necesario que más gente de color cambie su manera de pensar con respecto a la naturaleza, lo que implica que TNC debe considerar un panorama mucho más amplio. Las ciudades y los parques urbanos ofrecen oportunidades de expandir el movimiento, según Kareiva: “Podríamos tocar a mucha gente".

En otro esfuerzo por hacer de la conservación algo más significativo a nivel masivo, Kareiva, el profesor Daily de la Universidad de Stanford y Taylor Ricketts, jefe de ciencia para la conservación del Fondo Mundial para la Vida Silvestre - WWF - fundaron el Natural Capital Project. Este esfuerzo conjunto entre tres instituciones emplea modelos económicos para medir el valor de los ecosistemas. ¿Cuánto vale un arrollo de agua limpia? ¿Cuáles son los activos económicos ocultos de las selvas tropicales?

Sus detractores argumentan que la naturaleza tiene un valor intrínseco y que la preservación jamás debe ser reducida a consideraciones en términos de una caja registradora. Pero los pesimistas, afirma Kareiva, poco a poco empiezan a compartir su forma de pensar.

Cuando se integró a TNC, A Kareiva se le encomendó de animar a sus colegas a publicar más — y mejores — trabajos de investigación. Él estima que el 99 por ciento de todos los estudios científicos se esfuman sin dejar rastro. ¿Por qué? Los artículos que revisa la comunidad científica están escritos en un lenguaje denso y son agotadoramente aburridos. Nadie los lee. Eso es inaceptable, dice Kareiva. Si los científicos no son capaces de realizar un mejor trabajo comunicándose con el público y de conseguir el apoyo popular, el movimiento ambientalista será silenciado a pesar de haber hecho tanto ruido.

Sean testigos del cambio climático

“El fracaso con respecto al cambio climático debería ser como un llamado de alera”, le dijo a un grupo de científicos reunidos para un taller en California, en agosto pasado. La comunidad ambientalista no se ubica al mismo nivel de la gente y se ha dedicado a aleccionar en lugar de educar.

¿Qué mensaje debemos llevarnos? Convirtamos la escritura científica en algo convincente y relevante para las personas comunes y corrientes. La batalla por la conservación la ganaremos de manera incremental, artículo por artículo bien argumentado, oración por oración bien dicha.

La meta final

Kareiva ya ha planificado las siguientes fases de batalla por ubicar a la gente primero en términos de la conservación, que comenzará enfocándose en los estudiantes. Tomará un sabático parcial en la Universidad de Stanford en 2011 para enseñar una clase sobre la conservación para la gente a estudiantes de posgrado. Luego, educará a los conservacionistas que ya están trabajando en campo: su próxima publicación, que será presentada en la primavera por la Oxford University Press, será otro libro, una guía para practicantes que tratan de medir el valor económico de los beneficios de la naturaleza para los seres humanos.

Pero, ¿qué es lo que suman todos estos libros y cátedras? ¿Cuál es la meta final de Kareiva? Nada menos que recargar las pilas del movimiento conservacionista, que actualmente está en riesgo de estancarse.

Seguro que se hunde si seguimos hablando sobre biodiversidad, dice el hombre que evita ese término. Así que Kareiva seguirá predicando: conservación de la gente, por la gente y para la gente.

Llamémoslo un eco-populista.