Tras décadas de convertir bosques en pastizales y campos, los propietarios de tierras brasileros han comenzado a revertir la tendencia

Por Julian Smith

Lazir Soares de Castro se encuentra de pie entre el ganado Nelore blanco y gris en su rancho de São Félix do Xingu, un distrito remoto y extenso en la frontera noreste del Amazonas en Brasil. Más allá de la cerca de madera, pastizales altos y matorrales desaparecen en árboles esporádicos a la distancia.

Aún vital a los 70 años de edad, Soares describe cuán diferente se veía esta área cuando él llegó en 1984, cuando todo era una selva tropical virgen. “Era el área más pobre. No había electricidad, ni teléfono, ni televisión, ni calles… nada.” La dictadura militar que gobernaba el país promovía a los pobladores que ocuparan el Amazonas en nombre de la seguridad nacional. “No había ninguna política ambiental organizada”, explica Soares.

Los resultados fueron tristemente previsibles. La deforestación se expandió rápidamente a lo largo de la porción del amazonas de Brasil, un área de más de dos tercios el tamaño de los Estados Unidos Continentales. En el momento en que TNC comenzó a trabajar en São Félix en 2009, dice Ian Thompson, director de conservación para el programa de la organización en Brasil, la situación era tan mala que el gobierno federal había agregado a este distrito a una nueva lista negra medioambiental. El distrito, casi del tamaño de Portugal, vio desaparecer 300 millas cuadradas de bosques en 2008, el mayor índice de deforestación municipal en el Amazonas entero. “São Félix do Xingu era el símbolo de una frontera fuera de control,” explica Thompson.

En la actualidad, gracias a los esfuerzos del gobierno brasilero, a TNC y a otros socios, la situación ha comenzado a cambiar. Nuevas herramientas están promoviendo a los ganaderos y productores —que con frecuencia ni siquiera tienen el título de la tierra— a mejorar y restaurar la salud de sus terrenos. Un nuevo proyecto de registro de tierras muestra dónde se necesita mayor trabajo. Y los esfuerzos se dirigen a desarrollar una economía local productiva que mantenga los bosques intactos y a la vez permita a los residentes ganarse la vida.

“Si São Félix puede lograrlo con todas sus comunidades, seguramente les dará lecciones a todo el Amazonas,” asegura Thomson. Pero al final, agrega, el éxito dependerá de rancheros/ganaderos como Soares.

A lo largo de la historia de Brasil, la Cuenca del Amazonas ha sido lo que el Oeste Estadounidense es: una vasta y enorme área sin ley escasamente poblada por grupos indígenas. Un siglo y medio después de la apropiación de tierras y el Manifiesto que empujó a los americanos hacia el Océano Pacífico, un proceso similar ocurrió en Brasil. Las políticas gubernamentales de la década del sesenta y del setenta impulsaban a los pobladores a que se asentaran en la región, ofreciéndoles tierras gratis y asistencia económica a las familias empobrecidas a causa de las regiones costeras altamente pobladas en este “tierra sin hombre por hombres sin tierras.”

Aparecieron los aeropuertos y las carreteras a través del bosque para unir estos estados aislados a lo lejos con los centros de población en el este y el sur. El proyecto de la autopista trans-Amazónica, comenzó en 1972 y aún sin terminar, actualmente se extiende aproximadamente 3.000 millas de este a oeste.

Soares fue parte de una ola de migración en los ochenta. Una explosión del mercado del poroto de soja impulsó una segunda gran migración en los noventa y en la década del 2000, cuando grandes empresas agrícolas compraron campos y ranchos ganaderos en otros estados de Brasil para sembrar porotos de soja, que se pueden cosechar dos veces al año en los trópicos. Esto impulsó a los pobladores a adentrarse y asentarse aún más en los bosques.

El proceso completamente desorganizado generó corrupción y violencia y dejó a los pobladores con títulos de las tierras confusos o inexistentes. También sirvió como receta para la deforestación. Tal como los pobladores en el Oeste Estadounidense tenían que “mejorar” sus terrenos para recibir apoyo del gobierno— desmontando tierras, construyendo edificios, y cultivando o pastoreando ganado— se les solicitaba a los inmigrantes en el Amazonas que arrasen el bosque a medida que llegaran.

Luiz Martins Reis Neto, el dueño de un pequeño rancho en São Félix, dice que en 1988 él llegó cortando, literalmente, su camino entre los árboles. “Cortábamos e incendiábamos el bosque para crear espacio para plantar cultivos para alimentar el ganado,” cuenta. “Todos se juntaban para encender el bosque.” Los pobladores no conocían otra cosa, explicó, y el gobierno les dio poca y nada de guía sobre cómo usar las tierras de manera eficiente. Esto comenzó un círculo vicioso arraigado en la ecología de la selva tropical. Los nutrientes no corren muy profundo en los suelos ricos en arcilla de la zona, por lo que después de algunos años de pastoreo y cultivo, el suelo se volvió duro e improductivos. Los agricultores y ganaderos se vieron forzados a desmontar más tierra para obtener nuevos campos y pastizales.

Desde 2001 hasta 2012, Brasil fue responsable, en promedio, de tres cuartos de la deforestación en la Cuenca del Amazonas, principalmente por la ganadería y la agricultura en gran escala. En el pico de la deforestación en 2004, alrededor de 10.700 millas cuadradas del bosque amazónico del país habían sido arrasadas. El problema era especialmente grave en el estado de Pará, donde se ubica São Félix, en gran parte porque es el hogar de la más grande población bovina en el país, con más de 2 millones de cabezas.

Alrededor de 80 por ciento del bosque amazónico aún sigue en pie hoy, pero en los 90 y los años 2000 el ritmo al que iba cayendo llamó la atención del mundo. A medida que la presión nacional e internacional era acompañada por una creciente consciencia pública de la deforestación y sus efectos en el cambio climático mundial, las políticas gubernamentales de Brasil comenzaron a virar desde una promoción a asentarse hacia la promoción del desarrollo sustentable. La creación de una lista negra en 2008 fue un claro signo. La inclusión en la lista generó una supervisión federal más estricta y sanciones económicas a aquellos distritos para desalentar la deforestación.

Las fuerzas del mercado ejercían su influencia, a medida que los consumidores demandaban que sus productos provenientes del bosque fueran sustentables. En abril de 2009, un frigorífico invitó a TNC São Félix ya que estaban teniendo dificultades para encontrar proveedores que cumplieran con el código forestal del país. Aprobado por primera vez en 1965, el código requería (entre otras cosas) que los propietarios de tierras en el Amazonas dejaran libres 50 o 80% de sus tierras como un área de selva tropical protegida o para replantación o, de lo contrario compraran más propiedad como offset (compensación).

Hasta 2009 se había ignorado el requerimiento, expresa Marcio Sztutman, el director de tierras críticas para TNC en Brasil. Las tensiones eran fuertes cuando TNC llegó por primera vez a São Félix, cuenta. Los productores como Soares y Neto estaban furiosos con los gobiernos federales y estatales por haber creado esta situación—y por hacerle cargar con la culpa. “Nos les gusta que los vean como delincuentes,” dice Sztutman. “Prefieren cumplir con las regulaciones, si les permiten mantener su medio de vida.”

Las aguas se calmaron cuando TNC explicó que estaban allí para ayudar, no para paralizar, la economía local. A lo largo del año siguiente, TNC colaboró con São Félix y otros distritos para establecer un registro de tierras rurales computadorizado conocido como CAR, según sus siglas en portugués. Se solicitó la ayuda de los propietarios de las tierras para mapear y registrar sus propiedades y para que asuman la responsabilidad de cuidar de sus tierras.

El registro fue esencial para poder cumplir con el código forestal porque resolvió un problema crítico, afirma Thompson. Aunque Brasil tiene la mejor información satelital cubriendo el Amazonas, si el gobierno no sabía quién posee qué, era imposible asignar responsabilidad. “Teníamos toda esta información sobre la deforestación, pero nadie sabía quién era el dueño de esas tierras.” Con el registro, “si lo puedes monitorear desde el espacio, puedes confirmar quién está cumpliendo y quién no.”
La situación era complicada porque el estado de la tenencia de tierras en la región era confuso. Menos el 4 por ciento de la tierra privada en el Amazonas de Brasil tiene registros de propiedad claros en la actualidad. Es por es que TNC empujó para que se desvinculara el proceso de registro con el establecimiento de la propiedad, aunque el registro va en esa dirección, explica Thompson. Aunque registrar una propiedad no confiere tenencia legal, “al menos las personas están en el sistema y saben que pueden ser localizados,” dice. “Es una señal de que hay voluntad.”

El proceso tomó impulso cuando se realizaron modificaciones en el código forestal en 2012. Algunos cambios hicieron más difícil y complicada la conservación, expresa Sztutman, pero su revisión también logró que el registro de tierras sea un requerimiento de ley federal, que solicita que todas las propiedades rurales estén registradas para mayo de 2016. Esto creó un incentivo para que los propietarios de tierras cumplan con el código, dice Sztutman.