El Guardián de la Reserva

Por Leopoldo Vanegas

Esta historia es acerca de Omar Ponce Toledo, quien durante años fue guardaparques de la Reserva Costera Valdiviana. Omar falleció de manera inesperada pocas semanas antes de que se publicara este artículo, el cual hoy resulta ser un sentido homenaje a nuestro querido y respetado colega. Luego de su fallecimiento, el equipo de TNC continúa trabajando en perpetuar su legado.

“Si contamos con la conservación vamos a seguir disponiendo de nuestros recursos para siempre. Por eso hemos ido creando conciencia al respecto”.

 

Camiseta. Protección impermeable. Pantalón anti corte, zapatos de treekking o de seguridad según corresponda. Por último, una gorra con las palabras The Nature Conservancy estampadas para resguardar su cabeza del sol. Repica el teléfono satelital: Unos turistas desprevenidos  instalaron su campamento y armaron una fogata, en pleno verano, activando las alarmas de riesgo inminente de incendio forestal. No hay de qué preocuparse. Omar ya tiene su motocicleta lista para volar hasta allá entre los árboles de coigües y canelos a restablecer el orden. Le encanta el trabajo en terreno y el contacto directo con la naturaleza.  Recorrer los bosques a diario y hacer monitoreo. A pie, en camioneta, cuatrimoto o a caballo.  No hay excusa para no llegar. Omar es un guardaparques en Chile: El guardián de la Reserva Costera Valdiviana, área protegida en la Cordillera de la Costa, al sur de Chile, destinada a la conservación y restauración de los bosques templados lluviosos. Un paradigma sin precedentes a nivel mundial especializado en brindar herramientas para el desarrollo sustentable de las comunidades locales a través de actividades forestales, pesqueras  y turísticas.

Omar Ponce Toledo tiene 51 años. Vive y trabaja en la Reserva, lugar al que llegó a los cuatro años de edad. 50.000 hectáreas  divididas en dos partes, el fondo Chaullín y el fondo Venecia, que él conoce como la palma de su mano.  Vive en una pequeña parcela junto con su esposa y dos hijos en un sector rural llamado Hüiro, palabra que se refiere a un alga muy abundante que crece allí durante el verano.  La reserva es su lugar favorito en el planeta Tierra y donde se siente más a gusto. Tiene la vida que siempre soñó y realiza un trabajo casi diseñado a su medida. Hoy puede darse el lujo de vivir feliz.  Pero no siempre fue así. Su enseñanza básica la cursó en un colegio internado ubicado en un lugar muy aislado y de difícil acceso cuando esta gran reserva aún no lo era. La travesía por su mundo verde era mágica. Él y diez chiquillos más de la localidad caminaban dos veces por semana, durante dos horas, entre caminos maltrechos y un río cristalino sin puente. Hacían fechorías entre árboles nativos, playas inhóspitas y lagunas azules. El golpeteo rítmico del picotear de carpinteros Magallánicos contra la madera de árboles milenarios era la banda sonora mientras diminutos pudúes, uno de los venados más pequeños del mundo, transitaban libres en todo su esplendor. Para ese entonces abundaban los bosques vírgenes, casi sagrados para los lugareños quienes sólo los intervenían para temas ligados a su propio consumo, como preparación de cercos y leña.  Eso hasta que llegó la primera “forestal” hacia el año 1986 aproximadamente.

Guardian de la Reserva 5

Una forestal es una empresa que se dedica al manejo de bosques y plantación de especies exóticas como el eucalipto en este caso. Hüiro es una localidad de 30 familias que siempre vivieron de manera informal adentro del predio donde hoy en día queda ubicada la Reserva Costera Valdiviana. Cuando llegaron las forestales la estadía de los campesinos se vio amenazada precisamente por no tener títulos legales que los acreditaran como propietarios.  Se negoció largamente y al final una forestal donó a la comunidad más de 600 hectáreas. Todos los que vivían ahí se convirtieron en dueños legítimos de sus pequeñas parcelas al interior de este predio. "Las primeras talas de bosques se hicieron muy cerca de donde nosotros teníamos nuestras casas en un sector costero”, evoca Omar con evidente aflicción.

Para cuando Omar cumplía 25 años el desempleo azotaba la región sin clemencia.   Así que  engrosó las filas de una de esas empresas madereras, durante seis años, siempre ligado a la construcción de caminos.  Allí hacía “la pega” como se denomina al trabajo en Chile.  Su primer año fue ayudante de operario de maquinarias pesadas. Le suministraba combustible a las máquinas. Revisaba los caminos que se estaban estabilizando.  Anotaba  la cantidad de material que se aplicaba. Hasta que hizo un curso para operar maquinaria. Ascendió y empezó a construir carreteras de acceso para sacar la madera que cortaban. Ayudó a construir kilómetros y kilómetros de vías mediante el uso de monstruosos camiones, buldóceres, excavadoras, retroexcavadoras, rodillos y motoniveladoras.  En otras palabras, apremiado por la necesidad de subsistir, no tuvo más remedio que convertirse en coautor de la destrucción del bosque nativo dentro del cual jugó desde niño. En exterminador de su propio hogar.  Eran épocas duras donde prácticamente el único medio de subsistencia para los jóvenes de la zona provenía de las fuentes de trabajo que generaban las madereras.

Las labores estaban dividas por etapas. Talaban, construían caminos y plantaban eucaliptos.  Derribaban grandes superficies de bosque nativo en septiembre,  alrededor de mil hectáreas. De octubre hasta diciembre hacían el roce.  Con machete cortaban la madera delgada.  Después las motosierras arrasaban. En marzo esperaban a que se secara y prendían fuego. Los incendios eran descomunales y el humo negro lo nublaba todo. Después venía la época de plantación de abril hasta agosto en los sectores que habían talado. Diez años más tarde el eucalipto estaba listo para cortarse y pasarse por una máquina chipiadora.  Hecho astillas, o pequeños trozos de madera,  era exportado principalmente al Japón. Omar trabajó ahí hasta el año 1999.

Guardian de la Reserva 3

“Yo tenía conciencia de lo que significaba devastar los bosques nativos de la manera en que se hacía porque no se respetaban las cuencas. Se talaba en sectores donde había mucha pendiente, lo que significaba quemar grandes extensiones de terreno. Cuando tú le prendías fuego veías arder el cerro completo. Era impresionante. Pero las opciones de trabajo eran muchas.  Era una necesidad poder trabajar, de ganarse unas “lucas” (chilenismo referido a dinero).  Me daba tristeza. Al principio no se notaba pero ya pasados tres años iba desapareciendo el  bosque nativo  e iba quedando como un desierto. Los animales se iban.  Se chamuscaba todo incluso la fauna, sobretodo los más pequeños, anfibios, reptiles. Algunos escaparon como el caso del pudú.  El zorrillo, el puma.”  Es una época que Omar jamás quiere volver a revivir. La forestal finalmente quebró económicamente hacia el año 2002. Tenía deudas y los bancos se apoderaron del predio. En el 2003 lo remataron. Fue entonces cuando lo compró The Nature Conservancy (TNC) con apoyo de sus generosos donantes.

Omar no tuvo más opción que seguir trabajando con máquinas en la zona central de Chile durante tres años hasta que dijo no más. Regresó a casa con la firme intención de convertirse en pescador y cuando lo hizo, el predio ya era propiedad de TNC.  Sin embargo, el ambiente era de zozobra. Se encontró con que los habitantes locales no tenían certeza de qué iba a pasar:  “Llegaron los ecologistas, acá ya no se va poder hacer nada. No van a dejar talar ni para tener leña como combustible”. Esa era la visión que la gente tenía, recuerda Omar.  No obstante la vida lo sorprendió con la posibilidad de ser parte de una de las brigadas para la prevención y control de incendios forestales que TNC suele conformar en la reserva. Era el verano del 2005. Durante cuatro  meses interiorizó todo el trabajo e intención  de la organización.  Conoció personas valiosas que, al igual que él, querían recuperar la zona y entendió que lo que estaban buscando era instalar un proyecto de conservación en toda el área ligado intrínsecamente al trabajo con sus pobladores. El final de una era de talas indiscriminadas y sustitución de bosque nativos había llegado para darle paso a la apertura de la reserva al mundo y a un sinnúmero de oportunidades para el desarrollo local. “No era, como se temía inicialmente, que venían a cerrar las puertas y a no dejar hacer nada.” Cuando terminó el verano, Omar se enteró de que TNC había abierto vacantes para el puesto de guardaparques.  Le preguntaron si se quería postular.  No lo dudó un segundo. Fue aceptado en septiembre del 2006.

Guardian de la Reserva 2

Su “pega” es ser Guardaparques y ese es su mayor orgullo.  Hace parte de un equipo de cinco personas que al igual que él, cumplen labores que incluyen la protección y cuidado de toda la reserva; el monitoreo de aves, flora y fauna; la educación ambiental con los colegios y el desarrollo comunitario con las comunidades aledañas del sector.  Los Guardaparques también apoyan a los emprendedores locales para que desarrollen sus proyectos en forma sustentable y los ayudan a buscar alternativas de financiamiento. Además colaboran permanentemente con los investigadores y científicos de la organización que realizan trabajos al interior de la reserva. Omar y sus colegas, entre muchas otras funciones, son los encargados de revisar las cámaras trampa que están instaladas por toda el área para así confirmar la presencia de especies, como es el caso del pudú o el zorro de Darwin, que se creían casi extintos, y determinar si ha aumentado o disminuido su presencia.  Su labor es un aporte indispensable que contribuye a uno de los objetivos primordiales de TNC en la Reserva Costera Valdiviana que consiste en potenciar la investigación científica, la educación y difusión ambiental de su significativa flora y fauna, pues alberga una de las concentraciones de especies endémicas más altas de todo Chile. Organizados por un administrador y un coordinador de Guardaparques, en ese orden jerárquico, trabajan bajo un sistema de turnos: Diez días de trabajo por cinco días libres. De 8:30 am a 1 pm y de 3 pm a 7:30 pm.  La oficina de administración le queda a Omar a 7 kilómetros de su casa aunque muchas veces sale a terreno y llega tarde así que prefiere pasar la noche en una habitación edificada al interior de la reserva en la zona de administración.

Guardian de la Reserva 13

Aunque la tala indiscriminada, a los niveles críticos alcanzados cuando Omar estaba más joven ya es cosa del pasado, el trabajo de un Guardaparques jamás termina. Aún permanecen 3.300 hectáreas de eucaliptos plantadas desde los tiempos de las antiguas forestales. Uno de los desafíos de TNC es ir cortándolos gradualmente en época de cosecha para restaurarlos con especies nativas a través de un plan piloto que han venido desarrollando desde 2011. "Los bosques nativos están divididos a partir de la zona costera hacia la parte alta de la reserva. En la costa predominan los bosques de olivillos. En la medida en que subimos a la parte alta están los coigües, tevos y canelos, que es el árbol sagrado de los mapuches, y al final, en la parte alta de la cordillera, están los bosques de alerce.”

Omar se toma su trabajo muy en serio, consciente de que una de las metas primordiales de la reserva es el proyecto de restauración de bosques nativos más grande del país para rescatar 2.5 millones de árboles.  Sabe que su aporte, aunque es sólo un piñón, es indispensable para el funcionamiento del inmenso engranaje que procura, día y noche, restaurar y conservar una porción de uno de los bosques templados lluviosos más ricos y amenazados del mundo. Omar Ponce Toledo además de convertirse en el guardián de la Reserva Costera Valdiviana, su casa, es un guardián de este planeta: El único que tenemos. Nuestra casa.

En memoria a Omar Ponce Toledo, 1965- 2017


Si quieres recibir más historias sobre nuestro trabajo de conservación, inscríbete aquí:

¡Súmate!

* Requerido

*





*








*



Email & Social Media Marketing by VerticalResponse